viernes, 21 de marzo de 2014

Reseña a "La abolición del pato" de Larry La Fountain-Stokes




Reseña de La abolición del pato de Larry La Fountain-Stokes

Luis Felipe Díaz, Ph.D.
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras



En este ensayo se presenta una reseña parcial y rápida de La abolición del pato de Larry La Fountain Stokes. Se trata de un libro de cuentos queer (pateriles o mariconiles), admirablemente articulado, que abarca las expresiones tanto coloquiales como letradas más contemporáneas; y no sólo las particularmente puertorriqueñas, sino las de la cultura en general (sobre todo teniendo en cuenta la de los latinos en los Estados Unidos). Conforman cuentos de la literatura gay (y más… porque trascienden fronteras de este género y de todo tipo de lectores) y que viene a formar parte de las aportaciones narrativas ya realizadas por Yolanda Pizarro, Luis Negrón, Daniel Torres, Ricardo Santana, Moisés Agosto, Daniel Estrada, Mayra Santos, Carlos Vázquez, Ángel Lozada, David Caleb Vázquez, y otros.  La literatura gay en Puerto Rico ha tomado un auge tan distintivo y dinámico que se coloca al lado de las formidables producciones del resto de la cultura globalizada queer que nos rodea, tanto en lo letrado como la cultura popular y pop. Considero que Larry La Fountain-Stokes, mediante los cuentos de este libro, se apodera de un singular espacio estilístico-performativo en el panorama discursivo de la literatura puertorriqueña, y que merece particular atención crítica y reflexiva en este aspecto. Ha logrado brindar un texto que no solo se presta para la lectura del lector general del ámbito literario, sino que se puede convertir en un libro de texto, incluso para estudiantes de secundaria (si son “openly and gay friendly”, por cierto). No he incluido por el momento en esta reseña los dos últimos relatos que por ahora me parecen otro tipo de cantar. Ya habrá tiempo para conferirle su merecido lugar.

La abolición del pato (San Juan: Terra Nova Editores, 2013) de Larry La Fountain-Stokes comienza con “Piscina: obra en dos o más partes” (y aparece en la “Tabla de contendidos” bajo en Núm. “11”). El subtítulo apunta: “Cómo diría Macedonio Fernández, el ensayo crítico que lo dice todo antes de comenzar la obra”. Títulos juguetones éstos muy propios de los irónicos y nada lights escritores postmodernos (a veces). Se presenta inmediatamente el sumergirse en las aguas de las piscinas, como filósofo griego que se lanza a esa liquidez, cuyo fluir lo transporta al tiempo en cuanto transcurrir y devenir (sobre todo de la reactivación de la memoria, y nada del olvido). Y es así, abordando su inicial partida mediante un creador argentino (pre-borgiano, Macedonio Fernández) que estuvo más tiempo meditando en qué iba a escribir que en ocuparse de la escritura misma. De esa manera procede el cuentista: un hablante que se habrá de sumergir mediante su libro de cuentos en una gran piscina de palabras que no sabe qué tiempo, qué ritmo, qué paso de nado, atravesará… y si será lo suficiente para que un editor publique el libro-piscina del pato (pero sin ansiedad o trauma sino más bien con gracia y humor). Encontrarse en medio de una nueva película-trama (como Andy Warhol), en un intersticio de la realidad que lo lanza a un lenguaje-silencio, al agua transparente pero arrolladora como diluvio universal y un “Sueño perdido”. Me parece que de esa manera quiere el cuentista representarlo (acometiendo el acto con animada performatividad) en las últimas páginas de esta primera parte. Termina ahí mostrándonos unos paréntesis, vacíos de información, como queriendo significar el nado, el extender los brazos (los signos parentéticos) por el agua (la página, la escritura) hasta llegar mediante el nado, de la apertura a la clausura de los paréntesis, al sitial esperado que logra abarcar los signos deseados a lo largo de la piscina-texto. Todo esto nos muestra el acto performativo del hablante de la obra que sabe que va a nado con sus palabras e historias y que a alguna orilla habrá de llegar... a ustedes los lectores. En lo particular creo que el pato ha llegado sano y salvo a mi lectura y lo más seguro a la lectura general de ustedes los receptores que realmente tiene Larry en mente. También el discurso alcanza una trayectoria maratónica del lenguaje (por su fluidez ansiosa, amariconada en su estilo rápido y gay) y de las narraciones que nos invitan a todos a ser parte una divertida trayectoria escritural (muchas veces algo muy diferente, que ahora nos sé cómo llamarle), y de una nueva y refrescante lectura. Asistimos a una piscina de historias contadas no solo por el contenido de lo que dicen sino por la meta-discursividad que requiere un gran saber (y poderío) escritural del cuentista. No es de extrañar... pues estamos ante un letrado profesor en la prestigiosa Universidad de Michigan, y quien ya ha abordado otros proyectos escriturales de ese tipo.

Luego de dos párrafos el hablante-pato de la obra medita lo que le podría surgir en el nado: una “novela” muy mala para “lectores de la nueva vieja época”. Y son diez los adelantos del libreto que habrá de abordar. El autor sabe que debe manejar el lenguaje casi de una "drag queen" performativa, pero con todo el discurso connotativo de un hablante culto. He aquí el gran desafío a que se enfrenta el cuentista. Creo que está demás decir que alcanza el éxito. "¡Perra!", estoy seguro que le gritarán desde el piso, el mariconil público que escucha (pues la obra tiene mucho de oralidad). Esa característica tan particular le confiere a su discurso narrativo una cualidad meritoria pues lo ubica en el ámbito de la literatura postmoderna, con un gesto en el proceder estilístico muy diferenciado dentro de las producciones más actuales. Cualquier buen actor podría usar estos cuentos para una stand-up comedy.

Lanzarse a esa piscina significa pasar de un estado a otro, el desterritorializarse para sumergirse y cobrar una manera de ser y meditar nuevas, inadvertidas semánticas y performatividades escriturales y de obrar, con “una cierta óptica medio perdida”. Es por eso que leemos historias que a veces no parecen tan verosímiles, pero nada más ridículo que ese reclamo para un escritor postmoderno como La Fountain. Puede parecer que muchas veces escribe a lo que salga (pero con disimulado y calculado cuidado), como lo realizan muchas “locas” al hablar, performativamente, pero con consciencia de poseer tras de sí todo un discurso (escenario) que l@s une a los boricuas isleños y a los latinos de los Estados Unidos que viven y articulan su existencia desde lo queer. Además de unirse en este texto al acervo literario puertorriqueño —siempre teniendo tras de sí la voz resonante y animadora de Manuel Ramos Otero—, forma  parte de la “Latino Literature” de los emigrantes en el corazón territorial y simbólico del imperio. La mirada de un emigrante gay en los Estados Unidos (doblemente migrante: discursivo y transeúnte social) le confiere a  la literatura de Larry La Fountain otra de sus características muy fascinantes y airosamente transgresoras.

“Preludio en boricua patas-atrás (pequeño cuento de hadas)” es el primer relato del libro y se presenta como un rastreo (un nadar) jocoso por la historia, desde la conquista y colonización de América hasta lo que se podría considerar la “abolición del pato” en el Puerto Rico de principios del siglo XX. Se presenta un “preludio” contrariado o desterritorializado (“Patas arriba”) de lo que el enunciante propone como un cuento de hadas”, cuando en verdad realiza alusiones histórico-sociales en el relato que no tienen nada de fantásticas pues pueden ser muy referenciales. El humor del hablante del cuento (“Una loca”) le confiere con su humorismo, no obstante, un tono jocoso que no nos parece inicialmente referir a un cuento de hadas. Las transgresiones y tergiversaciones, a-propósito, de los géneros literarios y los modos de contar (de ofrecer una conferencia o una cátedra universitaria son más que parodiados en este cuento de hadas, pues aceptémoslo así).

Se narra del momento posterior a la invasión norteamericana de 1898, en que se criminalizó la sodomía y luego cuando en el 2003 (el Puerto Rico contemporáneo) se despenaliza la sodomía masculina, “contra-natura”, en momentos en que los patos “pueden chichar, pero todavía no se pueden casar” (26). El cuanto presenta como enunciante (o hablante), la voz de una loca que tal parece ofrecer, a un público estudiantil, una cátedra de la historia étnica e ideológica de Cultura Hispanoamericana I y II. Todo de manera performativa, irónica, sarcástica y jocosa, y articulado desde el punto de vista del humor latinoamericano y especialmente el puertorriqueño. Esta voz performativa y, para la teoría del texto: pragmática (de loca ofreciendo un espectáculo del saber de alta academia y a la misma vez de la cultura popular), cubre con descarado humor la perspectica de la conquista, y asume la óptica de los indios particularmente; luego de presentar la trata de los negros y la importación de los mismos a América, para finalmente ocuparse de la invasión de los “gringos”, la penalización de la llamada homosexualidad, la descriminalización de la misma para inicios del siglo XX, y de cómo se emprende la lucha en este momento en el cual los miembros de la comunidad gay se puedan casar. Aprovecha esta voz enunciante para intercalar dentro de este inicial macronivel del discurso, jocosidades concernientes tanto a la cultura letrada (como las que podría ofrecer Edgardo Rodríguez Juliá) y su interacción con la cultura mediática y popular del mundo tradicional boricua y del ámbito tecno cibernético actual (“hoy con las tarjetas de crédito y ayer con las colonias”, p. 22). Esta voz performativa del cuento hábilmente desplaza el discurso queer a un segundo plano, para destacar el aspecto histórico e ideológico de un transcurrir histórico muy largo y complejo (”hace mucho [ ] , muuuuuuuu…cho tiempo”). No deja de abandonar su tema sin embargo, el de la evolución histórica de los patos, pero con un sentido de parodia frente al discurso closetero (como en realidad ha sido a través de los siglos). Es así cuando nos dice: "porque tú sabes que antes del cristianismo aquí todo el mundo en la suya y la tuya y la tuya y la tuya y la mía, por supuesto, todos con todos, sin ningún problema, pero entonces vino Ponce de león and next thing you know las caras pálidas los tienen trabajando, pagando impuestos, sin beneficios,…" (22-23). En verdad estamos ante un narrador que maneja varios discursos a la vez y que da un paso al frente en cuanto a manejar el discurso queer desde las nociones de historia e ideología que conciernen a la comunidad en general y no solo la gay. Se revela de esa manera el territorio ganado en el discurso gay y literario puertorriqueños desde el magistral empeño y acometividad de Manuel Ramos Otero a partir de los años 70 y que ha continuado con estos escritores “posmos”, tan “bien” vistos por los académicos setentistas.

Este mismo hablante enloquecido, del relato, menciona personalidades clave en el discurso cultural latinoamericanista y puertorriqueñista como los líderes de la comunidad azteca e incaica, Fray Bartolomé de las Casas, los poetas románticos del “Borinquen, la hija del mar y el sol”, Zenón Amón, Edgardo Rodríguez Juliá, Mayra Santos, Gaytri Spivak. No sin dejar de hacer más que sarcásticas alusiones a Coca Cola, Nutra Sweet, Luis Miguel, Juan Gabriel, Valium, Prozac, Colón, “la vieja pendeja caga catres de Isabel” (22), las tarjetas de crédito, Hare Krisna, Temandumba de la Quimbamba, Amalie del culan de Iris Chacón, Carmen Miranda, Macintosh. Los signos del mundo moderno y postmoderno hacen fila exhibicionista en este performateo discursivo muy del mundo contemporáneo y queer. El conocimiento del autor (implícito), de los Estudios Culturales y de la Teoría de la Comunicación socio-cultural es meas que evidente en la construcción de estos relatos. 

En “La abolición del pato (todo por la letra A)" obtenemos un relato (que se emplea para el título de la obra en general) que nos representa a una maestra paródicamente permormativa, quien junto a lo que parecen sus muñecas (como asistentes-marionetas) ofrece una clase sobre el campo semántico que ofrece a letra “a” cual significante de la “abolición del pato”. Se trata de la letra que en encontramos en los dos vocablos del título y que realmente es empleada para capacitar al público sobre el inicio de la mala práctica del uso del significante “pato” en la cultura académica, y en general; y el final de la misma con la “abolición”.   Con esa letra ha comenzado todo. Obviamente el hablante del relato emplea “una narradora” que se comporta más bien como un “draga” (negritas mías) que ofrece una clase performativa, en cuyo relato del relajo se oculta toda una ironía de lo representativo de la subalternidad en el mundo americano en general (particularmente en el de Puerto Rico). Sobre todo, sobresale la comicidad cuando el público aprendiz de la draga se compone de una audiencia latinoamericana que no necesariamente entiende los campos semánticos de la jocosidad puertorriqueña. Tal vez haya algo de biográfico en el cuento (el cuentista, Larry La Fountain es de raza blanca y migrante) en cuanto se reconoce que ser blanco es un tipo de otredad (un “jincho”); queriendo decir que al final de cuentas el prejuicio y la abolición nos sólo corresponde a los negros o a los gais sino a la humanidad toda (son travestismos del lenguaje). De ahí quizás, además del juego del deletreo, el ajetreo numérico que también se presenta de una manera muy de irrupción y extrañeza en el cuento, haciendo ver que de esa manera puede ser la realidad toda, repleta de travestismo y juegos de letras que como significantes se pueden mezclar en las mejores o peores combinaciones. A finales del cuento se muestra el quiz que se les da a los alumnos, el cual es de una gracia e ingeniosidad admirable y de una parodia llevada al extremo y que exhibe como en vitrina de performatividad burlesca, cuán heteroglósica y desarticuladora puede ser la educación en nuestra cultura donde se está realizando “la abolición del pato” (que como vemos es mucho más que esta educación a nivel del simbólico y el imaginario cultural nuestros).

En “Dos historias para Paul”, el narrador se lanza a, como dice el título, una búsqueda de la dualidad, la doble escritura, los tiempos paralelos y el objeto del deseo que es Paul. Esta vez se nos proporciona el bestiario de la cotidianeidad puertorriqueña, pero en vez de ser dos "patos" son dos "perras". El cuentista elabora lo que se podría entender como la simultaneidad de dos tiempos, como la de estar en los signos de Texas-México y New Jersey-Puerto Rico, pero a la misma vez, en simultaneidad múltiple (como lo son los relatos en general y como lo permite el discurso de las computadoras y sus viajes inter-cibernéticos, en varios lugares a la vez). Por eso el cuento puede ser desorientador para el lector común acostumbrado a las historias lineales y de trama corrida, correcta y de causas efectos. Se nos muestra que el narrador también se puede instalar en dos lugares escriturales a la vez, en el lugar de lo que ocurre (la mímesis) y en el lugar de quien escribe lo que ocurre (la diégesis), y que tiene que contar, pero lo que relata es precisamente lo que precisa contar. Y se tratar de que no hay tal vez nada que contar, que todo sea cuento, mentira, realidad virtual, inventada y fantasmal. Se considera después de todo la vida que pueden vivir dos perras (perras y dos “locas”, dos chicos gueis, a la vez en dos lugares semánticos y en doble sintaxis, pero todo atrapado por el uno (la simultaneidad temporal), “porque sabido es que se nos llaman “perras”. No se sabe si se trata más de metáforas que de referentes en sí mismos, lo cual tal vez no existe. Lo que surge es actuar o no actuar, según el lenguaje que entienda Paul. Tal vez hay referencia a la doble vida inmersa en los sujetos gays, de la relación espejística de estar en dos lugares a la vez, de la mirada doble donde uno ve el otro y ese otro contempla el uno.

“Tríptico a la Marilyn Monroe o yo no sé qué” nos ofrece a una narradora que desde su soledad nos deja saber cómo ha sido engañada por varios hombres, uno de los cuales lo único que le ha dejado, a quien cuenta, es una enfermedad venérea; y se alegra que no haya sido VIH. Es una boricua, hija huérfana de padres de otra nacionalidad que ha debido mudarse a Ohio (significante de espacio de desolación, para completar). Es un discurso-contar tipo carta que irónicamente lo envía una tal Ann Landers, y cuyo título alude a una trilogía ("tríptico") al estilo de la diva de la sexualidad, Marylin Monroe, o dice no saber “qué”. Obviamente el hablante (escritor) de relato aprovecha las conocidas experiencias de una emigrante gay que además de no encontrar pareja, ni amistad, vive en el lugar menos afortunado para una “loca" isleña existiendo en medio de la nada (Ohio, donde mentalmente se ven obligadas a vivir muchas "locas" desplazadas por el gran Otro a los lugares más recónditos). Hay en el relato alusiones tanto populistas como letradas, como cuando a finales del cuento menciona la extraña relación que quedó grabada en el imaginario del letrado post-nacional, como fue la de Manuel Ramos Otero y José Luis González. El estilo es de tipo confesional y las alusiones a las metonimias espaciales (‘tríptico’ menciona desde el título), tres hombres, una “loca” solitaria, realizando los típicos quehaceres del hogar (cocinar un arroz y hornear un pollo) mientras escribe la carta-cuento que estamos leyendo. Se infiere del relato y de sus connotaciones espacio temporales que a la larga se enfrenta quien en verdad escribe en una desteritorialización inevitable; tiempo y espacio que la han controlado, manipulado, dejado en la más triste desolación. Tal vez la escritura que presenta sea una manera de instalarse, que le permita asumir el ámbito escritural y vivencial de Manuel Ramos Otero (un admirado escritor maricón) en respuesta a un letrado como José Luis González (un significante letrado y vivencial, que también nos dirigiera una carta de un desafortunado sujeto en la ciudad). No está demás decir que las intertextualidades de este relato de La Fountain son más que bien ancladas en la literatura na(rra)cional nuestra: “La carta” de González y “Hollywood memorabilia” de Ramos Otero, para mencionar la más obvias. La primera con mirada al resultado del proyecto colonial moderno y la segunda como inmersión en ese territorio más virtual que real del mundo que se nos vino encima.

En “Cuento de un padre y un hijo” se nos ofrece el relato de la relación de un hijo homosexual con en padre alcohólico. Incapaz de entender, e inepto para comprenderse a sí mismo. Todos los personajes del relato son el cliché de una familia de emigrantes disfuncionales en lo psicológico y lo social. Y de eso se trata: de un cuento que posee como trasfondo el típico relato psicosocial del homosexualismo del hijo, y el alcoholismo del padre. El autor (implícito) sabe que tiene varias maneras de narrarlo, que existen varias posibilidades temporales y narrativas; por eso el hijo lo mismo puede matar al padre como viceversa. Sobresale el nivel del relato en que se sabe que se están narrando eventos ficticios (que pueden reflejar la realidad social), pero lo importante resulta en el narrar, en el relatar una situación que se podría convertir en un cuento. No se muestra el relato tradicional en que todo ocurre de una vez, de manera lineal y con causalidades y efectos lógicos y estables. Y a ese aspecto se presta la narración postmoderna: de contar algo de manera lúdica, juguetona, como pastiche y como una copia de lo que podría ser un programa televisivo como That’s 70s Show. Lo único es que se inmiscuye, se añade, esta vez, a un personaje homosexual, si fuera como ese programa (si es que no contamos con que Fez sea gay). Se puede leer el relato varias ocasiones y obtener diferentes puntos de visita; puede que en una ocasión interpretemos que el padre mata al hijo o el hijo al padre; o que tal vez sea una muerte simbólica porque el padre mata a los demás con su borrachera, con su botella de alcohol, con su falocratismo violento que destruye a la mujer y los hijos. Está en manos del lector interpretar el dramatismo de lo ocurrido o lo cómico de una situación que el cuentista maneja como un “dribleo” o regateo del lenguaje (y de la pragmática de la lectura), de un cuento cuyos personajes parecen de todas maneras destinados al fracaso narrativo. Al autor parece no importarle la ambigüedad de la situación, porque tal vez el evento del narrar y el escribir sea así mismo… ambigua. Como la memoria de la vida misma. Se infiere, tal vez, un no-cuento, y en ello estiba el talento de relatar para la literatura y la cultura letrada. La misma puede estar en estado de extinción o de una transferencia y mutación a algo difícil de comprender.  En este sentido el relato requiere de un receptor postmoderno y no del tradicional lector setentista que nos mantiene atados al antiguo relato, a las otras metáforas de “la realidad” y la ficción. No obstante, el discurso de la “abolición del pato” que el autor persigue en todos los cuentos, es constante y coherente. Abolir el pato es deshacerse y aceptar a la vez la palabra (el acto mismo), el ser pato en cuanto sujeto que narra y nada para salvarse, para escribir en el exilio de su tierra y la expatriación de sí mismo como ente. En ese sentido, el conocimiento del deconstruccionismo derridariano forma parte de esta escritura de La Fountain. Como también las nociones de escritura de Roland Barthes, quizás más que de Umberto Eco. Roland Barthes tal vez nos guíe mejor por estos senderos del escribirse en el tiempo que impone el lenguaje mismo, los significantes enfrentados a la tachadura que el cruel tiempo impone al simplemente ser Pato.

“Junior, reggaetón tropical” es una narración que por su intertextualidad, si es puesta al día, nos recuerda en gran medida a “Cráneo de una noche de verano” de Ana Lydia Vega o a “Papo Impala está quitao”. Se trata del amariconamiento de la sub-cultura de reguetón boricua-floridiano de que participan nuestros isleños-emigrantes boricuas. Nos expone a un narrador que persigue eufórica y alucinadamente las cronotopías (espacios y temporalidades simbólicas) del mundo de un joven gay, que fluctúa entre Puerto Rico y Florida y que se mueve en el mundo de los reguetonistas. La madre misma sabe que Junior es gay, pero sin embargo ni él mismo se quiere enterar de su genuina identidad. Sostiene relaciones con otro reguetonista llamado Juniol, y funge como depositario del perreo que le proporciona éste. Todos los signos de la subcultura reguetonista son hábilmente amariconados por el narrador y el enunciante que domina la mímesis del relato con un sentido de heteroglosia total en que se mezclan desde las nociones más complejas de las transmigraciones ideológicas del isleño emigrante (y de la cultura boricua en general) hasta los travestismos y blimblineos propios de ese mundo de la música que está en moda. Pero todo resulta como la cultura contemporánea, en pura horizontalidad, sin profundidad ni reflexión alguna por parte de los personajes. De ahí el amplio distanciamiento irónico del cuentista, que no juzga o sermonea de una u otra parte de los campos opuestos de la semántica que cruza fronteras de manera sinuosa y anómala (subalternamente patética). La ironía cruzada, líquida (como “todo lo sólido que desvanece en el aire”) la experimentamos a finales del cuento cuando el “compañero” sexual del requetonismo y blimblineo de esa cultura llama por la mañana (luego de una noche de lujuria sexual, flemáticamente alucinante-alienadora) para invitarlo a repetir la escena del día anterior y el protagonista se niega a aceptar las cosas por su nombre (es invitado a ser el subalterno maricón del juego de lenguaje y acciones). No obstante, quien invita revierte el lenguaje y logra su propósito de continuar el brillo extrañamente vociferante (en la voz y lo metálico) de sus luminosos autos y su carnavalización post-cultural. 
     Tal vez, nos quiere en el fondo mostrar el autor en este relato (y en toda su obra), mucho de la cultura puertorriqueña de nuestros tiempos y a lo que incluso tendrá que entregarse (pese al lector reflexivo que en el fondo busca). Mas debe haber una entrega, al lenguaje, al discurso, al texto, de manera no enajenada, pero empastillada (empepada), endrogada, si desea comunicar en cultura post-letrada. El esfuerzo del autor por alcanzar el estado de consciencia y subcultura de ese “otro” (abyecto y extraño, pero propio a la vez) lo hace irónicamente portavoz de su tiempo para futuras generaciones de lectores.