sábado, 31 de diciembre de 2016

Los Nuevos caníbales. Microcuento.


L@s nuev@s caníbales. Reseña

Luis Felipe Díaz Ph. D.
Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico

Esta vez Ediciones Unión, Editora Búho y Editorial Isla Negra se han unido y aumentan la producción de nuestras letras antillanas con el libro L@s nuev@s caníbales. Antología del micro-cuento del Caribe Hispano (2015). Obtenemos así un obsequio acogedor que tras haberlo consumido con la degustadora vigilancia letrada no podemos dejar de augurarle el éxito dentro del cada vez más exigente reclamo del género mini-narrativo caribeño. Tres diestros prologuistas —Rafael Grillo (de la Habana, Cuba), Pedro Antonio Valdez de La Vega (de República Dominicana) y Emilio del Carril (de San Sebastián, Puerto Rico)—han seleccionado varios micro-relatos de los mencionados países. Con sus posturas en el historiar y teorizar del género estos prologuistas aportan a lo que es el cada vez mayor acervo del acopio del mini-relato, la explicación de sus estructuras formales y exigencias estilísticas. Ya un poco antes Ediciones Isla Negra ha abierto trechos escriturales del género narrativo y sus nuevas maneras de contar mediante L@s nuev@s caníbales: antología de la más reciente cuentística del Caribe hispano (2003). Y también lo realiza con otro género que no deja de relatar eventos más intimistas (líricos), en L@s nuev@s caníbales, antología de la más reciente poesía del Caribe (2003).
         Como ya he dicho se trata de una, se puede señalar, amplia presentación de relatos sumamente breves, o mini-relatos, género algo en boga en nuestra sociedad postmoderna tan dada a la rapidez y la presteza en las lecturas. Algo que no desdice del agrado que aún se mantiene por las amplias y morosas narraciones que heredamos desde los industriosos siglos XIX y XX, (me refiero a las novelas). Así como también de la cuentística que mantenemos desde los antiguos tiempos hasta su gran despliegue narrativo magistralmente alcanzado en el siglo XX. Cada uno de los prologuistas de este libro, que hoy presentamos, nos ofrecen los antecedentes, criterios y aspectos formales del mencionado género más chico, en cada uno de sus respectivos países. La muestra (píldora) que nos brinda Rafael Grillo de un relato de Virgilio Piñera ya evidencia la vigorosa presencia del género en Cuba; Pedro Antonio Valdés nos rinde cuentas del desarrollo y el interés del mini-relato en su País; Emilio del Carril, tras un poco de proceder lúdico ante la extensión del pequeño-gigante del género en cuestión, además de teorizar nos presenta la evidencia histórica de la presencia y consciencia del micro-relato en Puerto Rico.
Estamos ante mini-cuentos que pueden presentarse con consciencia de que está en plena marcha un nuevo género, y que se desprende de la tradicional cosecha literaria de géneros similares o cercanos a como nos la ha sugerido la tradición literaria misma. La lectura de los relatos de cada uno de los participantes en la antología así lo evidencia. Cada uno de los países en cuestión parece tener sus afinidades y a la vez diferencias (tema que debemos abordar en otra ocasión). No obstante, mayores son los encuentros formales y de discursividad breve, algo que aquí particularmente nos interesa.
Pero tal es el caso de Puerto Rico —y las otras dos islas—, como bien nos señala Del Carril, País en que se tiene como antecedente a Juan Carlos Quiñones, quien ya ha incursionado en el cuento breve, con impresionante dominio escritural, en su libro Brevario (2002). En el Reino de la Garúa (2014), el mismo Emilio del Carril continúa, sin duda, sorprendiendo a los amantes de la mini narrativa en general, traspasando ya los umbrales del relato minimalista y acogiéndose incluso al trecho más corto de la mini-narración, paradójicamente, en su mayor alcance (tanto que en ocasiones se nos sugieren mitos, leyendas y narraciones más amplias). En uno de esos pequeños relatos de su último libro, en el titulado “Sutilezas de un amigo fiel", nos dice: “No quiero que te sobresaltes, pero comencé a dialogar con los muertos el día que te enterramos” (XCVI). Su esfuerzo por fortalecer este género, que hoy nos ocupa, resulta tan ansiosamente metafórico que lo ha iniciado ya con la “garúa” misma, una llovizna tan fina que casi ni se siente (pero que se acumula y puede resultar notable y refrescante). Son muchas las novelas, los dramas y los poemas que podríamos extraer los lectores en nuestro divagar frente todos estos mini-narradores en las sugerencias en lo “poco”/“mucho” que nos puedan relatar.
     Si acudimos gentilmente al diccionario advertimos que se nos define el cuento breve en general como un género caracterizado por su cortedad y deseo minimalista en el acto de narrar. Mas no debe dejar de ofrecérsele al lector los necesarios elementos del contenido (mímesis, argumento) de un sujeto en búsqueda de (o en conflicto con) un objeto del deseo (o del rechazo del mismo). Mas debe prevalecer algún tipo de destreza de un hablante general del relato (de un autor implícito) en su anhelo de expresar un conflicto o desenlace sorprendente (así lo dirían astutamente Lukacs y Todorov, Genette). Todo debe ser presentado con un manejo escritural de máximo dominio de la economía del lenguaje (un diestro y complejo control de la diégesis) a extremos de alcanzar en la mayor medida posible a la simple (en apariencia) frase discursiva. Debe ser expuesto lo más brevemente posible, con una que otra oración (o párrafos y diálogos cortos). La brevedad no debe ser acogida literalmente en el sentido discursivo pues en ocasiones encontramos cierta extensión que colinda con lo que hemos conocido tradicionalmente como "cuento". También se crea una situación en la escritura que muchas veces obliga al hablante a relacionarse (implícitamente) con otros géneros como la poesía, lo fragmentario de lo teatral, lo mítico legendario, el dicho, la parábola, el chiste, la ironía verbal, y la intertextualidad etc. Pueden dominar los elementos más fantásticos (desde lo religioso y mítico), como el simple adagio, que puede ser desde lo vanguardista o lo transvanguardista de nuestros tiempos tan dados a lo veloz y a los géneros marginados por el canon y la tradición más presta a lo denso y moroso. Aun dentro de la cortedad y lo minimalista mismo se abren espacios para el viaje discursivo-literario, pero lo más reducido y conciso, posible. Tal proceder ha comenzado ya en tiempos remotos, como nos deja saber el prologuista Pedro Antonio Valdez, al advertirnos de no olvidar Las mil y una noches y El Conde Lucanor. Viene al caso entonces mencionar que casi de la tradición medieval encontramos en la Antología el mini-relato titulado “El secreto”, Nan Chevalier: “Los ojos del sacerdote percibieron la diminuta luz descendiendo del firmamento. Se dirigía hacia él, sin duda: acaso Dios deseara comunicarle un secreto divino. Hoy los diarios publicaron la muerte del religioso impactado por un meteorito” (74). Véase como los cronotopos del espacio y el tiempo son manejados mediante la semántica y la recepción —la pragmática, el efecto que proporciona el discurso— ofrecidas al lector implícito que no le cuesta más remedio que reír, lo que implica una deconstrucción ideológico-cultural de amplia envergadura. La luz divina y el accidente de un simple meteorito se unen inadvertidamente para desarticular un esperado acontecimiento místico.
     El mini-relato debe mantener el suceso dentro de lo ficticio, la pura invención, puede recurrir al casi chisme o enredo, embuste o engaño (al juego paródico), incluyendo al lector mismo como receptor atrapado o sorprendido por un solo e inquietante suceso dicho de manera sagaz. Si bien debe alcanzar una comunicación fugaz debe ser sorprendentemente abarcadora, lo cual puede hacer del mini-relato un sub-género de la narrativa, muy difícil en su irónica simplicidad. Como lo realiza Aram Vidal en “Héroe”, al hábilmente decirnos: “Hubo un héroe anónimo que Ulises no conoció. Uno de los remeros con los oídos limpios de cera. Su cuerpo no estaba amarrado al mástil y tarareaba con serenidad el pegajoso canto de las sirenas. Era un ser común. No tenía un gran propósito ni asombrosa voluntad. Su única hazaña fue su total escepticismo” (p. 48). La manera de desarticular la heroicidad del mundo clásico es más que evidente en un cosmos tan postmoderno como el que vivimos y en que se cumplen estas pequeñas proezas de la cotidianeidad. No se trata de amplios héroes sino de acciones de sujetos inadvertidos. Estamos ante un anónimo tripulante, quien vence a las sirenas, como puede ser el mini-relato el que a la larga triunfe en la narrativa, en el arte de contar.
La finalidad del mini-relato sigue siendo la de primeramente entretener, divertir, “moralizar” (no necesariamente en el sentido religioso), aconsejar, tal vez a veces mediante el comentario vacío, frívolo y light, que no impongan en su inicio mucha sustancia conceptual (en su estructura superficial, más no en la profunda). De ahí que a la misma vez el mini-relato pueda llevar al lector a emplear la profunda reflexión e incluso el asombro filosófico. Muchas veces lo ocurrido puede quedar implícito (en la estructura profunda del discurso) y lo que se ofrece al lector son pocas oraciones (o una sola) que recojan algún tipo de sentencia, moraleja, reflexión o simple frase informativa. El nivel connotativo y conceptual de su discurso muchas veces no le es fiel a su cortedad y aparente simplicidad. El enunciado resulta breve, mas no así las connotaciones o estructura profunda del discurso, que pueden ser muy abultadas y profundas. Tengamos un ejemplo en lo que nos ofrece Antonio Enrique González Rojas  en "El tirano de Siracusa": "Cuando todos en Siracusa estuvieron registrados como sospechosos, ordenó la apertura de su propio expediente. Luego ejecutó al jefe de la Policía Secreta, por cuestionar su integridad" (45). La ironía situacional y la paradoja están en el vórtice mismo de este mini-relato, presentándonos así una clásica expresión del género aludido.
     Pero el mini-relato debe estar manipulado por el efecto que explore un uso muy singular del lenguaje, con una recepción particular (una gran consciencia pragmática y manipulación fugaz del efecto ilocutivo del enunciado). Lo pragmático (el efecto rápido y hasta fugaz que provoca lo dicho) es importante y se convierte en elemento sobresaliente de la recepción que el emisor lleva al alcance de un lector, ante lo planteado (por lo cual el mini-relato contiene su propio código, aspecto que lo separa del tradicional cuento como género). Estamos ante un sub-género principalmente de la narrativa —sin descartar la poesía y el drama también, porque la mini-relato puede alcanzar sugerencias de lo dramático y lo lírico). Lo poco que se narra debe ser en su minimalismo, sentencioso, ejemplar, reflexivo, en ocasiones impactante, chocante y sorpresivo. De aquí que la lengua natural (de la que se nutre la escritura del mini-relato) se vea obligada a explorar espacios discursivos que lo mediático y los otros géneros tradicionales ni tan siquiera intentan emprender. La lengua natural que hablamos y escribimos todos los días está más adentrada en el cerebro humano que la imagen, la iconografía visual que manejan los medios contemporáneos. Es en este aspecto que el mini-relato reclama su presencia y la de la literatura misma en tiempos en que la oralidad y lo visual desafían vorazmente la tradicional escritura, la literatura.
     Ya desde las jarchas, Boccaccio, Juan Manuel, Hita, Chaucer, obtenemos mini textos (intercalados dentro de textos más amplios; no olvidemos los numerosos “exempla”, como en el Libro de buen amor, los Milagros de nuestra Señora) de esta tradición, que en la Edad Media intertextualizan con lo oriental, la cultura greco-latina, cristiana y el romancero popular. En la modernidad muchos escritores incluso dentro de sus narraciones largas acuden al relato corto, como por ejemplo Poe, Clarín, Pardo Bazán, Borges, Cortázar, Cela, Matute, Ferlioso, Kafka, Hemingway. Las "greguerías" del español Ramón Gómez de la Serna son importantes para entender mucho de las lógicas y códigos discursivos del mini-relato en el siglo XX y XXI.
     En Puerto Rico solo basta acudir a narradores del canon, en específico a los Modernistas y neo-realistas, a Nemesio Canales, Emilio S. Belaval, José Luis González (el más consciente de este subgénero), Pedro Juan Soto, Luis Rafael Sánchez, Ana Lydia Vega. En sus narrativas amplias, en sus cuentos largos o cortos, cultivan (entremezclan) la fábula, la habladuría, el enredo, el chiste, la broma, la frase irónica y el sarcasmo, entre otros recursos. Si bien aparecen dentro de un discurso amplio se cuelan los micro-relatos, cuya significación podría entresacarse como texto con valor independiente en sí mismo. Nuestro dominano-puertorriqueño (que vivió tanto tiempo en Méjico), José Luis González, contaba en una ocasión que había escrito el relato novelesco más corto que reza así: "Carta a la criada. "María, puedes regresar con el niño, el hijo del hacendado ya confesó" (… o algo parecido).
     El primer concepto de micro-relato que viene al pensamiento es el de “aforismo”: en los tiempos clásicos, un principio científico expresado de forma concisa, como los tratados de medicina que exponen (Hipócrates, Maimónides) de forma breve los principios y doctrinas de la escuela. Es un axioma o máxima de forma instructiva que también lleva al adagio, al refrán o proverbios (moralizantes o con algún tipo de racionalización). Quizás por eso el micro-relato es un género pragmático que obedece a lo planteado por Bajtin, pues se presta a colarse en la carnavalización rápida en la plaza pública (como esta sala en que hablo hoy aquí); sobre todo para reírse de las contradicciones y paradojas de la existencia, dichas de forma jocosa (generalmente) y con inventiva formal del discurso rápido e irónico (lo que equivale a la carnavalización, tal vez la canabalización de la cultura, del pensamiento, del lenguaje, de la realidad misma). Debe incluir un estado de heteroglosia (el desarticular), pero dentro del control de una voz en cuya pretendida dialogicidad se presta a la sorpresa en el corto impacto discursivo. En la antigüedad el género se relacionaba más con el mito, la religión o el misterio; en el mundo de la Modernidad comienza a vincularse con los discursos iconográficos en las tirillas cómicas de los periódicos del mundo comercial y sus minimalismos (extraídos del arte con este nombre), el escepticismo ante la modernidad misma y sus trans-lenguajes. En el mundo contemporáneo el mini-relato no deja de prestarse a la multiplicidad de voces y cronotopías de la postmodernidad que, más allá del lenguaje natural, aporta a aquello que no pueden articular la imagen televisiva y el cine, y con la especial manera de llevarlas al lenguaje breve. El micro-relato tiene mayor poder discursivo cuando no expresa explícitamente lo que tiene que decir, pero lo sugiere, cuando acude al silencio que presagia el ruido, lo por venir o lo que ya ha llegado.
     En el ensayo, “En las letras, desde Puerto Rico: Emilio del Carril reflexiona sobre el microcuento y su nuevo libro” (jueves 2 de Mayo de 2013. El Antillano), junto a Carlos Esteban Cana, al tomar en cuenta este género y la labor específica del mismo. Para Del Carril, Puerto Rico ha entrado algo atrasado al mundo del micro texto; sin embargo, la euforia actual que provoca el mismo es impresionante. Cada nueva publicación enmarcada dentro de la micro-ficción aporta un nuevo eslabón al desarrollo del género. Carlos Esteban Cana sostiene que, en su entrega anterior, en los cuentos de Cinco minutos para ser infiel, Emilio presenta una obra que remite a la excelencia narrativa ya perfilada en un libro como En una ciudad llamada San Juan de René Marqués [¿?]. Del Carril piensa que un micro-cuento es el corazón de un relato, resulta en la parte indivisible de una historia. Sostiene que la estructura mental del pensamiento creativo se fundamenta en micro-cuento. En todos los cuentos de 5 Minutos para ser infiel parte de micro-cuentos y considera que escribe como los antiguos chinos: comienza por el final. El micro-cuento le proporciona una relativa comodidad y dificultad a su vez, en este sentido. Para Cana la historia del micro-cuento en Puerto Rico puede tener como referentes a Pedro Juan Soto, pese a que otros escritores cultivaron al hermano del micro (que llaman aforismo). Y no es hasta los años 90, mediante autores como C. J. García y Ricardo Alegría Pons, que el mini-relato comienza a cultivarse. No sería hasta 2005 que se puede encontrar una antología como Edición Mínima.
      Reconociendo lo anterior, para Emilio del Carril no podemos olvidar el papel de José Luis González con su maravilloso mini-cuento “La carta”, como tampoco a Pedro Juan Soto y Ana Lydia Vega, previo a los años 90. No es hasta los años 2000 cuando el micro-cuento se apropia de más de una decena de títulos de libros en los que, solos o combinados, los mismos comienzan a proliferar. Cada autor le confiere personalidad a sus trabajos de manera que ningún micro-cuentista se parece a otro. Para Rafael Grillo, Virgilio Piñera (en 1496) este género en su especificidad cumple con las cuatro condiciones básicas de filigrana narrativa: “brevedad, singularidad, tensión e intensidad” (12). Se debe representar “la existencia de una situación narrativa única, formulada en el espacio de un imaginario y un decurso temporal, aunque algunos elementos de esta tríada (acción, espacio, tiempo) estén simplemente sugeridos” (lo que también exige el chileno Juan Armando Epple) (12).

Les refiero a uno de los mini-relatos que nos invita a continuar la reflexión. Es de Carlos Esteban Cana: “Después de una lucha encarnizada con Eros y Tanathos, el analista pudo dar con la verdad. Cuando en un inusitado descuido, Eros permitió que la mano sagaz del freudiano arrancara de cuajo la máscara. / Desde entonces, Tanathos no engaña a nadie, pues ya todos conocen la insidiosa costumbre se suplantar a Eros, quien, acorralado por las circunstancias, se aburre mortalmente de ser quien es” (122). En otra ocasión podríamos hablar del post mito, la epistemología psicoanalítica, la hermenéutica del engaño del mensaje, la carencia de la verdad que funda el inicio de todo, como diría Rene Girard. A todo ello nos remiten los micro-relatos que están llegando para quedarse pese su cortedad en la amplitud de la tradición literaria.